Estamos orgullosos de que a Kive Staiff, nuestro presidente honorario, lo nombren “Personalidad Destacada” de la Cultura en la Legislatura Porteña.

Compartimos con ustedes la nota en el diario Clarín:

El link a la web del diario aquí

El ciudadano Kive Staiff: memorias del teatro porteño bajo asedio

Por Ezequiel Viéitez

Sigue preocupado por la cultura. Ni los 89 años, ni la voz tenue que le trajo el tiempo, pueden contra eso. “El teatro habla de nosotros, de lo que podemos llegar a ser, también de lo perversos que nos podemos volver y de que no todo está perdido. Los clásicos, de Shakespeare a Molière, nos siguen conmoviendo. Esa reflexión transforma, crea mejores ciudadanos”, argumenta, con apasionada lucidez. Kive Staiff ha sido testigo y aliciente de la evolución teatral en el país desde los años 70.

Este miércoles, en el Teatro Colón, la Legislatura porteña lo declarará “Personalidad destacada de la Cultura”, por una iniciativa del diputado Esteban Penayo (PRO). Reconocimiento para el crítico teatral y gestor cultural que pasó casi 30 años (si se suman sus tres períodos) en la dirección del Teatro San Martín y que generó una tradición, hasta su adiós al cargo, 2010: espectáculos de calidad, cercanos en todo sentido, y que nutrieron a generaciones.

– ¿Qué nos aporta el teatro hoy? 

Una vez, dentro del programa para estudiantes secundarios estábamos presentando Stefano, de Armando Discépolo, el mayor autor teatral argentino para mí. Una obra sobre inmigrantes, de alegrías y de desgarros. A mí me gustaba mirar cómo se desarrollaban las funciones. Vi a un muchacho de 16 años en el borde de un platea, llorando silenciosamente. Encogido sobre sí mismo. Algo de la obra le hablaba de su propia historia. Ese fenómeno que produce la cultura lo tenemos que aprovechar siempre. Es la manera de redimensionar nuestra sociedad, de ampliar el pensamiento.

– Entonces, ¿el teatro cumple una función social?

Sin dudas. Es transformador de la vida de una comunidad. Y en este momento hay una señal de alerta en todo el mundo: se privilegia el exitismo, la baratura de la creación, que se sostenga una demanda permanente de ciertos aspectos obvios. Hay sociedades millonarias en las que el programador teatral piensa “tengo que meter mil espectadores en la función de hoy”. Ergo: “Tengo que buscar actores que puedan despertar las pasiones elementales para meter mil espectadores”. Es necesario abroquelarse en torno de la cultura y defenderla.

– ¿La cultura se está volviendo mero espectáculo, quiere decir?

Absolutamente. Por ese camino vamos a perder la poesía, el placer auténtico. Y nos volvemos más dóciles. Tenemos que repensar lo que se está haciendo. Hay un sonido que las sociedades han ido perdiendo…

– ¿Cómo revertir ese proceso? 

Ofrecer alta cultura es misión de las gestiones estatales. Tiene que haber un acuerdo político en las clases dirigentes para plantear qué hacemos y cómo lo hacemos. Si pensamos que estamos invirtiendo una fortuna en algo “poco interesante”, o si asumimos el compromiso político de crear un gran teatro para una sociedad que sea grande también. Y no quedarnos en la mediocridad del ruido televisivo o de la mala comedia teatral.

– Es inevitable preguntarle por la actualidad del San Martín, con su refacción perpetua…

Ha estado cerrado e imposibilitado de mostrar un perfil claro prácticamente en los últimos dos años. El espectador del Teatro San Martín vio durante demasiado tiempo el teatro cerrado. También el transeúnte. Estoy seguro de que hay gente del público de siempre que se ha ido. Con la reapertura (N. del R.: si se cumplen los plazos, en marzo), habrá que captar a ese público rápidamente.

Se declaró “revolucionario” por sus ideas sobre las transformaciones que despierta el teatro, más que por una predilección por la acción política directa. Cuando asumió por primera vez la dirección del San Martín, en 1971 y en tiempos de dictadura militar, la primera obra que llevó a escena fue Un enemigo del pueblo, con Ernesto Bianco y Héctor Alterio. En el clásico de Ibsen, un médico se enfrenta con el autoristarismo estatal y los matones. “El foco estaba claramente puesto en los tiempos que se vivían y movilzó mucho”, describe. En sus gestiones, luego, el gran público accedería a las versiones más cuidadas que se vieron en el país de Galileo, de Brecht; Tres hermanas, de Chéjov y el Hamlet de Shakespeare, entre otros títulos universales. Durante la dictadura, el San Martín fue uno de los polos activos de la identidad porteña bajo asedio. Staiff soportó el cargo de “colaboracionismo” mientras él reforzaba la centralidad del teatro. Años atrás explicó: “Los regímenes militares no sabían lo que significa el fenómeno cultural. Y el teatro, mucho menos. durante la dictadura, la atención estaba puesta sobre todo en la televisión y eventualmente en el cine”.

– ¿Hubo momentos difíciles en esos años de plomo?

En el último gobierno militar tuvimos que proteger a algunos artistas del San Martín. Alejandra Boero, Lautaro Murúa, que terminó en Finlandia, María Rosa Gallo, Inda Ledesma, Osvaldo Bonet y algún otro menos conocido. Las embajadas que estaban dispuestas a ayudar, como la de Francia, colaboraban. Los artistas se instalaban en algún hotel y sabíamos que corrían menos riesgo. Cuando se podía, salían para Ezeiza para irse del país por un tiempo.

– ¿Tuvo que enfrentar la censura?

Había que hacer equilibrio y yo asumía esa responsabilidad. Sabía que había cosas que no podía hacer. Pero con Osvaldo Cacciatore (intendente porteño durante la dictadura de Videla) me reuní muchas veces. Yo tampoco me hacía el loco, eh… Pero él era un hombre que escuchaba. Una vez le expliqué que teníamos el proyecto de presentar El alcalde de Zalamea, de Calderón de la Barca. Yo le digo: “Esta obra cuenta el asesinato de un militar que cometió una violación”. El me para: “No sigamos. Es un clásico del teatro español, vamos a hacerlo”. Programar esa obra en tiempos de dictadura fue importante.

– ¿Cómo vivió el San Martín la vuelta de la democracia en 1983?

Trajo aire puro. Creció la actividad y la gente estaba muy interesada en cuestionar, en participar. Pero también hubo momentos de tensión. En 1984, por ejemplo, Darío Fo vino con Mistero Buffo (una pieza que cuestionaba en tono burlón a la Iglesia). Hubo manifestaciones fascistoides en la puerta y amenazas de bomba. También vimos pasar coches Falcon con tipos que miraban fijo. Fo planteó que retiraba un episodio que tenía fuerte carga política. Yo le dije: “No, hagámoslo”. Finalmente, las funciones fueron un éxito…

A veces, los límites del tiempo se desdibujan. Mientras Staiff habla de gestión cultural y de buen teatro, el San Martín espera recuperar su centralidad.

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